Una de las frases que más se repiten socialmente es que los jóvenes de hoy son los mejor preparados de la historia. Carreras universitarias, doble grado, posgrados o másteres, varios idiomas con certificados añadidos, prácticas e intercambios en le extranjero y suma y sigue. Nuestros hijos pueden prepararse excelentemente y conseguir muchas titulaciones antes de despegar en el mundo laboral, pero ¿qué título les va a preparar para aceptar que a partir de ahora la cosa va de empezar y de tiempo? Me refiero a tiempo para demostrar, porque lo que realmente han conseguido hasta ahora, es estar en posesión de merecidos títulos o incluso pasar con éxito una entrevista de trabajo, que lo único que significa realmente es que gracias a su preparación ellos han sido elegidos y no muchos otros que optaban también a ese puesto.

Cuando un chico de tan solo 23 años, altamente preparado, te dice que a los 4 meses se ha despedido de su primer trabajo en una buena empresa porque se ha sentido engañado y explotado; nos debería invadir como mínimo un sentimiento de verdadera preocupación. Nos resultará fácil empatizar con él y entender su actuación al conocer de primera mano las causas que le han llevado a ello; incluso entender cómo se siente. No todos los jefes son buenos líderes conscientes, ni los valores de todas las empresas nos llenan de satisfacción. Y aún es peor cuando entramos en una compañía donde los valores están claros, pero parte de sus directivos se alejan demasiado o completamente de ellos. Y sin embargo así es, así ha sido, y tristemente así será durante más tiempo, nos guste a no. Y entrando en una segunda cuestión, vuelvo a hablar de preocupación, pues sin dudar de que nuestro chico por su formación merezca el puesto y esté excelentemente preparado; también existe un problema de actitud. Es un primer trabajo y 4 meses no dan para muchas valoraciones. Lo preocupante es pensar que no le prepararon para enfrentarse a las dificultades y navegar en la tormenta tolerando algunas frustraciones. Puede que nuestro protagonista estuviera demasiado acostumbrado a oír alabanzas en casa porque como estudiante realmente se las merecía. Era un genio para sus padres, abuelos e incluyo profesores quienes siempre le habían dicho lo increible que era, pero quizás durante ese proceso se olvidaron de trabajar con él otros aspectos de la personalidad como la persistencia y la tolerancia a la frustración. La capacidad de ver más allá del aquí y el ahora. Habrían de haberle enseñado que para muchos jefes y personas desconocidas, él no sería más que un nuevo empleado al que le falta mucho recorrido y mucho por demostrar. Nadie que le quiere y aprecia le habría dicho que aunque uno se haya esforzado mucho estudiando y haya sido brillante académicamente, que ahí afuera tendría que empezar de cero en un mundo nuevo y que todo sería cuestión de tiempo, y que si uno desea cambiar las cosas ha de enfrentarse a ellas.

Algo está fallando en nuestro modo de educar. Si todos sabemos que sin esfuerzo no hay recompensa y que en cada etapa hay que seguir esforzándose, por qué no se lo decimos y se lo demostramos más a nuestros hijos. Es compatible reconocer y alabar las habilidades y capacidades de nuestros hijos enseñándoles que existe la frustración y que hay que tolerarla. Nunca deben olvidar cuál es el objetivo y desearlo no basta, hay que conseguirlo haciendo. Así es que deberán superar algunas injusticias por el camino que jamás deberán olvidar sobre todo para cuando les toque a ellos estar en el otro lugar.

 

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